El martes, ya perfectamente recuperado del mal que lo había llevado a la cama, agradeció y ha dicho adiós a Yossef y a su familia por todos los cuidados y la gran hospitalidad. Enseguida fue presentarse al superior militar.
La paz reinaba en lo territorio judío y por eso, había poco trabajo para los militares. Entonces Longinus consideró que era una buena oportunidad para visitar sus padres y amigos en la ciudad nativa y solicitó del comandante de la Guarnición la posibilidad de quedar ausente durante 60 días.
El oficial Cornelius, reconociendo las buenas calidades del soldado, y también su competencia en las misiones que llevó a cabo durante los ocho años de legión, sin nunca estar ausente de los compromisos, aceptó con simpatía la solicitación, prometiendo darle brevemente una respuesta.

Longinus agradeció obedientemente y bajó al alojamiento uniéndose a los compañeros de la guarnición.

En el lugar donde guardaba sus perteneces: las ropas y los objetos personales, él también colocó su lanza encajada en el armario. Observó que la mancha de sangre continuaba del mismo modo, como aquella en la palma de su mano derecha, inclusive, manteniendo la misma intensidad colorida. Entonces él sentó en la cama y quedó mirando demoradamente la mano, así como examinó con detalle el grabado de la sangre en su lanza. Un sentimiento de tristeza y felicidad sucedía en su corazón y le convencía, que estaba empezando nacer una simpatía por el Hombre Crucificado. Él recordaba de las palabras de Yossef, la vibración de Lisias, y la Cara deformada de JESÚS... Y una novedad... Él empezó a notar que siempre que pensaba en ÉL, que su imagen aparecía en su mente, quedaba entusiasmado y los latidos de su corazón aceleraban, evidenciando un gran deseo que le impelía a conocerlo mejor. Afectuosamente corrió la mano en la lanza y se quedó allí pensativo durante un bueno tiempo. Sentía un placer agradable tener aquél objeto en las manos. Longinus comprendió que era un instrumento singular, lo cual, se debía guardar diligentemente con respeto y devoción, porque era más un recuerdo de la presencia viva del HIJO DE DIOS entre nosotros.

Aunque él ha sido el autor de la profanación del Cuerpo sin vida de JESÚS clavando la lanza en su Corazón, estaba convencido de que encontraría el perdón de DIOS, por la grandeza infinita de la misericordia Divina. Por eso, debía buscar con decisión una manera eficaz de reparar aquella ofensa, para su satisfacción interior y también, para que su conciencia quedase en paz.

Envolvió la lanza en un tejido y la escondió cuidadosamente en el armario. Para el trabajo, pidió otra en el almacén y justificó que la suya había desaparecido en la “Misión del Gólgota”. El dirigente confió y aceptó el argumento, pero descontó de su sueldo el valor de la nueva lanza.

Días después, el oficial Cornelius lo llamó y lo comunicó la autorización concedida a fin de permanecer ausente de Jerusalén durante 60 días. Longinus quedó muy contento, como era natural, y en el mismo día fue a la casa de Yossef para decir adiós y agradecerle aún una vez su gran caridad y por todo lo que había hecho. Todavía su amigo no estaba. Decidió espéralo y terminó quedando para el almuerzo.

Después de la comida, los dos vinieron a frente de la casa en busca de un lugar donde pudiesen hablar y no fuesen interrumpidos. En esta oportunidad lo centurión ha dicho al amigo la su historia sobre la “Misión del Gólgota", además de le mostrar la mano derecha manchada con la sangre de CRISTO y también de revelar su inmenso pesar y el vendaval de temores que hay inundado su alma.
Yossef quedó emocionado y lo abrazó, tentando consolar al amigo, infundiéndole una gran esperanza en la misericordia infinita del SEÑOR.
Hablaron durante largo tiempo e hicieron planes para el futuro. Entonces dijeron un afectuoso adiós y en ese mismo día, Longinus siguió en un vehículo de un compañero de la legión a Cesaría, el puerto israelita del mar mediterráneo.

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