Él era un joven con 26 años de edad, de estructura física bien presentable, con musculatura vistosa y midiendo 1,82 metros de altura aproximado. Hacia ocho años que estaba en el ejército romano. Longinus nació en Sicilia, una gran isla en el Sur de Italia, en la ciudad de Taormina. Le gustaba hablar de su patria, principalmente de recordar los 18 años de vida que allí había pasado en el medio de los paisajes bucólicos y donde despuntó como un muchacho terrible "un dicharachero", que no escogía día y ni hora para presentar su "identidad de travieso."

En su ciudad las lluvias eran raras, tenían un verano agradable con temperatura alrededor de 22 grados centígrados y prácticamente sin cualquier día con lluvia. Sin embargo, ellos también pasaban días incómodos cuando llegaba el "viento siroco", una masa de aire caliente que soplaba de África del Norte, distante geográficamente 150 kilómetros de la isla. Y por estar tan cercano, en esas ocasiones, el viento transporta un polvo microscópico que envuelve la ciudad entera durante dos o tres días y casi paraliza todas las actividades. Las calles quedan prácticamente abandonadas y cubiertas con una capa de arena fina.

Mientras, en sus recuerdos no podría olvidarse de los vinos hermosos de la Sicilia y sobre todo, del vino delicioso fabricado por el señor Francesco, un vecino muy trabajador, pero mucho mezquino. A pesar de haber sido compañero en la niñez de sus padres, la relación entre ellos se limitaba a un "muy seco cumplimiento", buena mañana, buena-tarde o buena-noche y siempre con la cara "cerrada". Él vendía su producto como se fuese oro, porque estaba consciente de la buena calidad del mismo, y por eso, no hacia agrado a ninguno.

A Longinus le gustaba mucho de vino y la propaganda que hacían de aquél allí, cada vez más lo dejaba con "agua en la boca." Como lo dinero era escaso, empezó a considerar con mucha gravedad la posibilidad de una "operación matemática", que es decir, "substraer" el vino precioso del depósito del señor Francesco y "sumarlo" a su lugar de ocultación, o "transferirlo directamente para su estómago."

Y fue con mucha sagacidad e imaginación que elaboró un meticuloso plan para hurtar al vecino.

En un de esos días nublados por el polvo del “viento siroco”, armó su escaramuza inteligente. Entró en el depósito principal y cogió tres botellas del vino famoso sin nadie lo vio. Y al volver a su casa, dejó una nota:

"La diosa Juno pasó por aquí y llevó tres botellas de su sabroso vino para ofertar al dios de la guerra. Gracias."

A pesar de ser un "juguetón", Longinus era un bueno muchacho, ayudaba a los padres en el trabajo y después vendía en el mercado las verduras y las almendras que cogían con el más grande desvelo, porque aquellas cosas eran la fuente de los recursos financieros de la familia. Y siempre que él volvía al lar, presentaba el resultado de sus transacciones, de modo meticuloso y con puntualidad en todas las tareas que le eran atribuidas.

En su patria encontró una joven llamada Juliana, hija de un vecino de nombre Taglivine. Todavía, los padres de la muchacha, anhelando un futuro mejor para la hija, pusieron las más grandes dificultades y todas las oposiciones posibles a un eventual enlace matrimonial entre ellos.

Los encuentros eran furtivos. En la mayoría de las veces, un cumplimiento distante, un gesto con las manos, un cambio de miradas apasionadas, siempre lejos, más eran los actos que constituyeron las manifestaciones claras y que marcaban la existencia de la simpatía y del interés mutuo.

El flirteo que ellos alimentaban duraba tres años cuando Longinus, queriendo un futuro mejor y una posición de prominencia en su patria, además de anhelar en poseer un sólido y cómoda situación financiera, decidió buscar con gana y perseverancia, los medios para pertenecer al cuadro de los centuriones romanos. Sin embargo, era muy difícil de ser miembro de la elite de los soldados romanos. Además de los requisitos y de las calidades personales que el candidato debía poseer, dependía también de sus descendientes y primordialmente, de un poderoso "bienhechor".

Pero, con el tiempo, el imposible empezó a tornarse realidad. Un amigo de su padre que vivía en Messina conocía al senador Catan y luego se quedó interesado en él y le prometió conseguirlo la entrada en la famosa Legión de los Centuriones.

Los meses pasaron... Cierto día, las buenas noticias llegaron. Longinus debía visitar al Senador en Roma, porque apareció una oportunidad. Con mucha gana, él luego empezó a obrar, porque no podría permitir escapar esa ocasión preciosa que si lo presentara. Con la ayuda de su familia, recogió los recursos financieros necesarios y viajó a lo centro del gran imperio romano. En Roma, después de las presentaciones y las entrevistas profesionales, consiguió ser registrado finalmente en la unidad militar. Ahora dependería exclusivamente de él, de su buena voluntad y aplicación, de su conducta y su interés en el cumplimento de las funciones. Por eso, desde el inicio, él se desdobló intensamente en todo los trabajos, aplicándose con dedicación y celo, con el objetivo de tornarse provechoso y ganar la simpatía de los superiores, adquiriendo una posición de relieve entre los compañeros del arma. Y fue con mucho esfuerzo y sacrificios que consiguió participar en varias campañas del ejército y luchar al lado de soldados valientes y famosos.

Después de enfrentar durante siete años los campos de la batalla, su destacamento militar fue trasladado a Palestina, con el objetivo de mantener el orden en Jerusalén. Toda aquella área, además de Judea, estaba ocupada por el Imperio Romano.

De una cierta manera, era el principio de una nueva fase en su vida, porque ya ganaba un bueno sueldo y tenía una posición graduada dentro de la guarnición en Judea. Esto lo proporcionó una cierta prominencia y lo facilitó a soñar en casar con su Juliana Taglivine. Había cinco años que no visitaba a los parientes y más de seis meses, que no tenía ningunas noticias de su ciudad. Las últimas que llegaron, mal hablaba sobre la salud de los padres y de su hermano. Así, por una razón muy natural, estaba ansioso a volver la Sicilia, reencontrar los amigos y familiares, y primordialmente, ver aquella mujer que ya ocupaba una gran dimensión en su corazón.

Ésos eran los días de Longinus cuando apareció la misión con los "tres malhechores" en el Gólgota, en Jerusalén.

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