Era hija de Antonio y Silvana Taglivine. Trabajaba arduamente en la agricultura para ayudar a sus padres en el mantenimiento del presupuesto doméstico, a pesar de las dificultades que siempre encontraron en la comercialización de los productos agrícolas. No era frívola y ni cultivaba la natural vanidad femenina. Trajeaba con simplicidad y no usaba ninguna pintura o producto preparado a hermosear la cara. Su cabello era de color castaño oscuro y lacio, arrumado y acomodado con capricho en la cabeza, las veces con la ayuda de una modesta decoración.

Con la muerte de su padre, fue residir en Listra en la compañía de su madre, en una pequeña casa de propiedad de su tío Orlando Taglivine. Yuntas, madre y hija, empezaron a trabajar en la viña y ganaban el necesario para una vida modesta, pero digna y calma.

La propiedad estaba a seis kilómetros de la ciudad. Semanalmente, después de organizar las ocupaciones caseras, principalmente en las bonitas y soleadas mañanas del domingo, ellos iban para un paseo en el pueblo, apreciar la agitación citadina y saber de las novedades del comercio.

Hacía cuatro años que vivía allí y sin embargo, mismo poseyendo excelentes calidades personales, hasta aquel momento Juliana no había decidido casarse, alejaba delicadamente del asedio de los muchachos que se acercaban. Porque también, no había aparecido un joven que tuviese despertado en ella una fuerte afección y simpatía, que apagase para siempre, la memoria del gran amor que ha tenido en su juventud.

Recordaba de ese amor con ternura y afecto... Siempre que pensaba en él, lamentaba la ausencia de Longinus y quedaba con añoranza de su contagiante y sincero sonrisa, de su procedimiento correcto y de sus palabras seguras y fiel. Eran los ecos de un pasado que no le permitía soñar, en razón de la realidad que vivía ahora, y también, por la distancia que los separaba, de la pobreza de ambos y por la total falta de noticias. Fuerzas terribles que vagarosamente querrían sofocar en su corazón los restos del gran amor de su vida.

En la verdad, Juliana no tenía esperanza de reencontrar Longinus. A pesar de estar solamente en la plenitud de sus 25 años de edad, era una mujer sin ilusión. Estaba convencido de que era prácticamente imposible hacer que ese sueño cultivado cuando ellos eran jóvenes viniese a tornarse realidad.

Por otro lado, desde el último domingo pasado, su vida empezó a tomar otra dirección. Apareció en Listra un plegador importante, un hombre de estatura pequeña, poco barba, pero con una gran simpatía personal, a pesar de poseer una fisonomía con arrugas profundas, que son los emblemas visibles de un pasado sufrido en los embates de la vida. Él es poseedor de un vigor notable, con un lenguaje claro y fluente que impresiona y cautiva, porque se expresa con coherencia, simplicidad y una lógica imperturbable. Su nombre es Pablo y él era un Apóstol de JESÚS.

En los primeros días, ella y su madre quedaban a oírlo, pero no entendía nadie lo que él dijo. Los dos eran paganos y ellos sólo sabían a respecto de los dioses de los paganos, en particular, de las diosas Junio y Minerva, sus favoritas. Con la sucesión de esos encuentros públicos en la plaza de la ciudad, Juliana empezó a sentirse atraída cada vez más para las verdades que aquél hombre enseñaba. Y fue así que después del séptimo domingo, ella y su madre, además de varias otras personas, pidieron y fueran iniciados en la nueva religión, recibiendo el Sacramento del Bautismo, empezando a  frecuentar normalmente la comunidad cristiana fundado por Pablo de Tarso.

Aquello grupo, pequeño en el principio, fue creciendo y aumentando en número y en entusiasmo por la Doctrina de DIOS, en la certeza de que estaban en el verdadero camino.

Sin embargo, con la gran afluencia de las personas, empezaron a aparecer los problemas en la comunidad, con la necesidad de conseguir un lugar mayor y seguro, donde pudiesen hacer las reuniones, protegidos del calor y de la lluvia.

Silvana y Juliana abrieron el camino de las iniciativas haciendo una admirable actitud: donarán la mitad de la herencia que ellos recibieron por la muerte de su padre. Aunque representaba financieramente un pequeño valor, sin duda era un gesto generoso y estimulante para ayudar a la Iglesia naciente.

Y con mucha dedicación, desde ese tiempo, ellas usaban sus horas disponibles a participar de las reuniones en los domingos y ayudaban a la comunidad que continuaba creciendo en personas y animación, y sobre todo, perseverando en la doctrina del SEÑOR, a lo largo de los meses y años.

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